Yo soy como Orozco, cuando graffiteo no conozco

Del Muralismo al graffiti, a 66 años de la muerte de José Clemente Orozco.

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A veces, cuando vas en tu camino habitual, te da la sensación de que hay algo distinto en el entorno, como si el paisaje tuviera una pequeña nubosidad. Parece curioso cómo la ciudad funciona como un ente conformado siempre por los mismos componentes: tres restaurantes, la casa rosada, el árbol chueco, el vago con el perro, el graffiti que asegura que Estefani y Carlos se amarán por siempre, la viejita que vende gorditas de nata. Pero no es hasta que algo rompe con este conjunto de elementos, que caes en cuenta de que algo apareció ahí de pronto, pero que fue estratégicamente colocado en ese sitio para romper la cotidianidad de la imagen urbana.

A principios del siglo XX, surgió en México el movimiento artístico conocido como Muralismo, que basaba sus ideas en la necesidad de educar a la población mexicana analfabeta –que representaba una gran mayoría terminada la revolución mexicana– de una manera lúdica a través de pinturas realizadas a grande escala.

El Muralismo mezclaba motivos prehispánicos, de la revolución y algunas corrientes políticas y artísticas; todos combinados con la ideología que le impregnaba cada artista a su obra.

El pasado 7 de septiembre se cumplieron 66 años de la muerte de José Clemente Orozco, uno de los más grandes representantes del Muralismo mexicano. Pero en estas seis décadas, ¿qué es lo que ha pasado con el arte en forma de mural?

El arte busca interpretación y debe hablar por sí mismo

Podría decirse que el muralismo evolucionó –o que más bien se reinterpretó– al arte del graffiti. Ambas técnicas tienen en común el espacio en que se realizan: paredes dentro o fuera de un edificio, visibles ante los ojos de diversos espectadores, utilizando símbolos y, generalmente, pocas palabras escritas.

El arte busca interpretación y debe hablar por sí mismo.

Foto: El Universal.

A pesar de que podrían parecer tener los mismos objetivos al ser arte situado en medio de la urbe, el graffiti ha sido más juzgado. Hace algunas décadas, al graffitero se le veía como un vándalo, un destructor de la arquitectura, un malviviente queriendo ensuciar con dibujos ilegales los espacios públicos, pero como era de esperarse, el arte habló por sí mismo.

La vida de un graffiti parece llevar el mismo ciclo, una vez tras otra: es pensado dentro de un contexto específico y puesto dentro de otro (el sitio en que se situará); es elaborado, en ocasiones ilegalmente, por alguien que dejará una firma pero que quizá terminará siendo un anónimo y será apreciado por quien logra notar que algo nuevo está allí, en medio del camino que cientos de personas toman cada día. Finalmente desaparecerá, algunas veces para ser reemplazado o intervenido por otro graffiti, otras por alguien a quien no le pareció agradable que pintaran la barda de su propiedad.

Foto: Facebook.

Se va tan rápido como llegó

El graffiti existirá si alguien lo nota, pero si no, será una pared más dentro de una calle más. Se va tan rápido como llegó.

Puedes realizar un pequeño experimento: párate a observar algo y la gente probablemente querrá saber qué es lo que ves y volteará, alguien más verá que observan algo y también querrá verlo; es entonces cuando la cotidianidad se corta de tajo y da pie para la apreciación.

Poco a poco el arte en aerosol ha sido aceptado: hay graffiteros reconocidos, bardas protegidas por autoridades, concursos de graffitis, talleres e incluso obras bajo pedido.

En su momento, el Muralismo también llegó a ser censurado (basta con recordar el mural que realizó Diego Rivera para Rockefeller) debido a sus motivos políticos, y es que esta técnica es una de las armas más fuertes para la protesta política.

“El hombre en el cruce de caminos”. Imagen: Cooking Ideas.

El propósito se mezcla entre los dibujos y la obra adquiere un mensaje claro: esto es lo que pasa y necesitas darte cuenta. Es un arma de doble filo, un objeto decorativo dentro de la ciudad y a la vez un grito de atención hacia el espectador.

Durante el auge del Muralismo, los mensajes políticos estaban menos cifrados, ya que la mayoría de la gente tenía un nivel educativo y cultural bastante bajo, pero hoy el público es muy diverso y la interpretación cambia de persona a persona.

La ciudad cambia todo el tiempo, se reinventa como método de supervivencia para adaptarse a la sociedad en curso. El graffiti se arriesga a un tiempo limitado y es quizá por eso que resulta tan innovador, una obra que se desvanecerá del paisaje, pero que quedará impresa en la mente del afortunado que haya pasado por la calle indicada en el momento indicado.

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