Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.

Lo anterior, es un fragmento de Elogio de la lectura y la ficción, discurso emitido por Mario Vargas Llosa el 7 de diciembre de 2010, en la Gran Sala de la Academia Sueca, tras habérsele concedido el Premio Nobel de Literatura de aquel año. En dichas líneas, el autor de origen peruano logró plasmar de forma grandilocuente y concisa el porqué de su vocación hacia esta forma de arte, así como la capacidad de ésta para transformar nuestro entorno.

Vía: The Guardian

Jorge Mario Pedro Vargas Llosa, nombre completo del escritor, nació en la ciudad de Arequipa, Perú, el 28 de marzo de 1936. Tal como lo señaló en su discurso, desde temprana edad surgió en él un gran amor e interés por la literatura, pues ese medio le permitía, al igual que lo hace con todos los que hemos interactuado con una gran lectura, sumergirse en mundos maravillosos que lo alejaban de aquella realidad tan gris y desalentadora a la que estamos expuestos.

Gracias al apoyo de sus familiares y otras personas que siempre le alentaron a seguir su vocación, a pesar de las dificultades que representaba en aquel entonces -y que sigue representando en la mayoría de las ocasiones- dedicarse al mundo de las letras, su determinación por seguir los pasos de Charles Dickens, León Tolstoi, Miguel de Cervantes y demás autores que marcaron su camino y se convirtieron en sus primeros mentores, logró salir avante.

Vía: peru.com

En 1959, a la edad de 23 años, se trasladó a la ciudad de París, Francia, con la que había fantaseado desde su niñez. Anhelaba escapar de su tierra natal para respirar los aires de libertad que habían inspirado a Baudelaire o Balzac; además, temía el permanecer en Perú y ver su vocación convertida en algo monótono. Curiosamente, fue su estancia en la Ciudad Luz la que le permitió vislumbrar la grandeza latinoamericana y la revolucionaria literatura que emanaba en esa época.

Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez; cada uno plasmaba en sus novelas las diferentes realidades acontecidas en sus respectivas naciones. Vargas Llosa no quedó exento ante tal práctica, pues el mantenerse alejado de su patria le permitió mirar en retrospectiva ese entorno con el que creció, para luego plasmarlo con su peculiar estilo en obras como La Ciudad y los Perros (1963) o La Casa Verde (1966).

Vía: La República

Fue tal su apego y preocupación por Perú y otras entidades hermanas, que nació en él la necesidad de participar activamente en la política; ya fuese mostrando su desprecio por los sistemas totalitarios o dictatoriales (como el de Jorge Rafael Videla en Argentina o Augusto Pinochet en Chile), e incluso postulándose a la presidencia de su país en 1990 donde fue derrotado por Alberto Fujimori. Esto le motivó a refugiarse en España, lo que le valió ser amenazado con el retiro de su nacionalidad.

Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes.

Vía: grupojim.org

Probablemente, sea esa cualidad de creer febrilmente en el poder de las letras para cambiar nuestra realidad, una de las mayores lecciones que hemos de aprender a este autor y la mejor forma de rendir un merecido tributo a su legado cultural. Dejemos que como a él, las historias que leamos, nos inspiren a luchar por nuestras metas y nos alienten a sentenciar y combatir toda injusticia de la que seamos testigos.

Fuentes: Canal 22, nobelprize.org, cervantes.es

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