Oscar Wilde es sin duda uno de las figuras más grandes y representativas de la literatura universal. Muy pocos serán ajenos a su nombre o a sus obras y, seguramente, el primer encuentro que muchos tuvimos con sus textos fue con su famoso y sobrevalorado escrito La Importancia De Llamarse Ernesto, que lejos de ser el mejor del autor, suele ser un poco tedioso y predecible.

De dicha obra tal vez logren rescatarse algunas frases ingeniosas y la situación inevitable a la que llegan los personajes, por lo que para aquellas personas que la tuvieron como su primera impresión con el trabajo del autor irlandés, probablemente se hayan quedado con una versión pobre del potencial literario que éste poseyó.

El mismo Sir Bernard Shaw, escritor contemporáneo de Wilde -ganador del Premio Nobel de Literatura en 1925- dijo lo siguiente:

“Nuestro sexto encuentro, pues el otro y último que recuerdo fue en el Café Royal, no pude descubrir en él la existencia del menor recelo en cuanto a poder llegar a tener un altercado conmigo; porque yo, que había elogiado en forma entusiasta sus primeras comedias, ahora me sentía por completo decepcionado de su última obra: ‘La importancia de llamarse Ernesto’. Aun siendo, como era, una obra llena de gracia inteligente, sin embargo, también era su primera creación en la que estaban ausentes el corazón y la profundidad de contenido.”

Imagen extraída de: https://media.giphy.com
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Por esto mismo, pasaremos un poco de largo a Gray, Canterville y Saville; entre otros nombres importantes en la obra de Wilde. También dejaremos de lado su vida llena de pasiones y engaños para enfocarnos en Salomé, una de sus obras poco mencionadas, pero que es buena por sí misma y es responsable de episodios tragicómicos que se extendieron hasta México -como ya verán-.

Para no extendernos mucho y para que el lector comprenda mejor el contexto de Salomé, les podemos decir -sin hacer adelantos innecesarios de la obra-, que el texto va de política, religión, milicia, un poco de esoterismo, varias referencias históricas y obsesiones desbordadas por cada uno de sus personajes.

Es cierto que el manuscrito no tuvo tantos problemas como tal, pero en aquel entonces era común que los textos de Wilde se representaran en el teatro, y es aquí donde figuran los problemas con Salomé, pues cuando se pidió licencia en Londres para ser adaptada, le fue prohibida su representación partiendo de que en la escena inglesa no se permitía introducir personajes que hablaran de religión.

Lyda Borelli Imagen extraída de: https://www.pinterest.com
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La obra tuvo que trasladarse hasta París y se estrenó en el teatro de L’Oevre el 11 de febrero de 1896 y no fue hasta 1931 que se pudo estrenar en Londres -y fue una versión adaptada por Lord Alfred Douglas-. Por increíble que parezca, México tuvo mejor aceptación por la obra, la cual se estrenó en 1910 y fue traída por la empresa italiana Parossi Cossigli en colaboración con la compañía dramática de Ruggero Ruggeri y Lyda Borelli.

Sumado a todo lo anterior, Salomé fue problemática para el mismo autor porque también se le acusó de plagiar gran parte del texto y esta acusación no sería retirada sino hasta la muerte de uno de sus más íntimos amigos, el poeta franco-americano Stuart Merril, quien dejaría en sus memorias un registro bastante fiable de la originalidad y autoría de Wilde en la obra.

“¿Quiere conocer cuál ha sido el drama de toda mi vida?, pues que he dedicado a ella todo mi genio, y en mis obras sólo he puesto mi talento”.

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